En el interior de esas murallas había todo un imperio.
Era como una especie de pueblo pero sin ser nada acogedor, la gente
se distribuía en bloques vigilados a todas horas por hombres
armados. Se veían personas trabajando a lo lejos, pero más bien
como esclavos.
Pero lo que más destacaba entre todo era una gran
construcción a la que para acceder tenías que subir unas largas
escaleras que te llevaban a su gran puerta, una puerta custodiada por
dos guardias.
Al traspasar las puertas veías una gran sala, inmensa,
todo tapizado con alfombras y demás telas, estaba decorada con
figuras e imágenes religiosas islámicas. En el centro de todo había
un trono, pero no un trono como tenemos en mente de un rey medieval,
no era un asiento de metal, era más cómodo pero grande e
intimidante, aunque no tanto como el hombre que lo ocupaba.
Yo no tenía ni idea de dónde podía encontrarme,
incluso había descartado la posibilidad de seguir en España, ya que
los que ocupaban aquel imperio hablaban en inglés ante nosotros,
pero entre ellos, en árabe. Por suerte siempre tuve un buen nivel de
inglés y bastante facilidad para aprender nuevas lenguas.
El hombre que ocupaba el trono, llamémosle 'emperador',
era un hombre de mediana edad, pelo muy oscuro y rizado, ojos
verdes que destacaban con su piel morena.
-Arrodillaos. -Nos ordenó uno de ellos.
El emperador se puso en pie y se acercó a nosotros.
-¿Entiendes el inglés? -Preguntó dirigiéndose al
chico que estaba junto a mí. Éste asintió con la cabeza.
-¿Cómo te llamas chico?
-Raj. -Contestó.
-¿De dónde te traen?
Raj puso cara de rabia contenida y contestó: -De
Barcelona, España.
-Pero tú no eres español, ¿me equivoco?
-No, yo nací en Katihar, India, pero emigré a España a los
15 años.
-Ya veo...
El emperador entonces se dirigió a mi:
-Oh, ¿pero qué tenemos aquí? Y bien, ¿cuál es tu
nombre?
Mi corazón latía a mil por hora, quería salir de
allí, quería ir a casa, sentía mucho miedo.
-Isabel. -Mi voz sonó débil y entrecortada.
-No tienes nada que temer si haces lo que debes. -Me
dijo inclinándome la cabeza hacia arriba para que le mirase a la
cara.
-Que ojos más bellos. -Señaló, y seguidamente dijo
algo en árabe a los guardias que tenía detrás mía.
Entonces uno de ellos me ordenó que me levantara y le
siguiese. Atravesando la gran sala había una puerta que conducía a
un pasillo repleto de puertas, y al final de éste, unas estrechas
escaleras.
Llegamos ante una puerta de madera no muy grande que
crujió al abrirse, dentro de ella, una pequeña habitación con dos
camas y un balcón.
-Quédate aquí hasta que alguien te ordene salir. -Dijo
el guardia antes de salir y cerrar la puerta tras él.
Parecían ser sobre las cuatro de la tarde por la luz
del sol que entraba por el balcón. Me senté en una de las camas y
inevitablemente empecé a llorar y sin quererlo me quedé dormida.
Cuando desperté había una chica en la cama de enfrente
doblando trozos de tela. Me sobresalté ya que no me esperaba a nadie
allí, dirigí la mirada hacia el balcón y vi que había oscurecido,
ya era de noche.
-Tú eres la chica nueva ¿verdad? -Me dijo.
Me incorporé sentándome en la cama y le contesté:
-Sí, supongo que sí..
-He escuchado que tu nombre es Isabel, yo me llamo
Zaara.
-Así es, me llamo Isabel. -Dije forzando una leve
sonrisa.
-Debes estar hambrienta, ya es tarde para bajar a las
cocinas, pero por suerte tengo algo guardado.
Se puso en pie y empezó a rebuscar en un armario que
había en el fondo de la habitación.
-Toma, no es gran cosa, pero algo es algo. -Dijo
mientras me ofrecía lo que parecía ser un pequeño bollo de pan.
-Muchas gracias. -Y empecé a devorarlo, en ese momento
no me importaba si estaba bueno o no, tan sólo quería comer.
-También he oído que te trajeron de España, yo soy de
Ambattur, India. Siempre quise visitar tu país.
Zaara era una chica de mi edad aproximadamente, pelo
rojizo y muy largo recogido en una trenza, ojos castaños y muy
expresivos.
-Sí, soy de España. Por cierto, dices ¿trajeron? Eso
quiere decir que no sigo allí ¿no?
-Bueno, si te soy sincera no tengo ni la remota idea de
dónde estamos, cuando me trajeron hace 4 meses me vendaron los ojos
durante el camino. Quién sabe, quizás sí que estamos en España y
no lo sabemos.
-A mí también me vendaron y tampoco tengo ni idea de
dónde podemos estar.
Estuvimos hablando un buen rato hasta que las dos nos
quedamos dormidas.
-¡Buenos días! Rápido hay que bajar, nos dirán dónde
nos toca hacer el trabajo hoy. Toma, ponte esto más cómodo.
Me quité el vestido negro que llevaba y me dispuse a
ponerme el pantalón y la camiseta que me había dado Zaara.

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